Y así fue ella quien primeramente me dio la idea de que una persona no se presenta, como yo había creído, clara e inmóvil ante nosotros, con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos, sus intenciones con respecto a nosotros (como un jardín que se mira, con todos sus senderos, a través de un enrejado), sino que es una sombra en la que jamás podremos penetrar, para la cual no existe conocimiento directo, respecto a la cual nos hacemos numerosas suposiciones con ayuda de las palabras y de las acciones, mientras unas y otras sólo nos dan datos insuficientes y por otra parte contradictorios, una sombra en la que podemos cada vez imaginar, con igual verosimilitud, que brillan tanto el odio como el amor.

Marcel Proust, En busca del tiempo perdido
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